Sucedió de sopetón. Como un golpe de brisa. Como un huracan.
Como pasa en los cuentos. Poco a poco aquella población,
aquel pequeño país en mitad del planeta
que siempre se creyó invencible
frente a los problemas ajenos y que, en ocasiones despreció a otros que ya lo habían sufrido...
Porque aquello que había ocurrido a cientos de miles de kilómetros
no podía sucederles a ell@s también y por eso comenzaron a culparles de su expansión... y despreciaron a la minoría procedente del país de la pandemia, que llevaba años habitando pacificamente en aquella comunidad. .. surgió el clasismo y la xenofobia.
Y antes de que la peste llegara a nuestro pequeño país, ya se habían encargado de malhablar sobre un país cercano que ya lo estaba sufriendo ( desorden y caos fueron los sustantivos)
Pero llegó. Y no hubo modo de controlarlo.
Faltaba aún una semana para que la primavera floreciera y fueron obligad@s a quedarse en sus casas. (Quienes la tuvieran claro, ese es otro capítulo...) En un principio, jugaron al despiste y sin miedo, buscaban la manera de salir a la calle con cualquier escusa (se les caía la casa encima... tal vez estaban demasiado acostumbrad@s a estar fuera y a no mirar adentro).. Y bajaban a la calle con el perro como excusa y a comprar alimentos que quizá no necesitaban. El caso era salir.
Y sucedió que, al principio, sólo perdían la vida aquell@s que habían vivido la guerra y el hambre de una postguerra... Quienes nacieron entre carencias perdían la vida sol@s y sin despedidas... Y sucedió que empezaron a perder a gente cercana, ya no eran octogenari@s..eran personas jóvenes e incluso niñ@s y empezó a dolerles en su piel... Y la piel empezó a temblar y mucho. Y aparecieron las pesadillas y el miedo lo cubrió todo con su manto tenebroso.
Y pasaron así, recluid@s más tiempo y tuvieron que convivir y conocerse más a sí mismos y tuvieron que encarar sus miedos y aprendieron a ser valientes y salieron cada tarde a aplaudir a sus ventanas a l@s verdaderos valientes de esta historia que parecía de ficción... Y las vueltas que da la vida... Se habian olvidado, es más, ni siquiera se habían parado nunca a pensar lo importante que es la sanidad e invertir en investigación, lo necesaria que es la ciencia y que un país esté abastecido y que cubra sus necesidades básicas. Y tuvieron que rectificar y empezar a tomarse en serio estar en casa y cuidar a quienes nos cuidan para no seguir contagiandonos. Y llegó la primavera y la primera luna llena de la linda estación apareció entre nublados, porque nubosos y tristes eran aquellos días... Y aprendieron a ver cómo el planeta iba recuperando su ritmo y cómo la contaminación disminuyó y los animales se atrevían a ocupar las ciudades...
Y hubo quien culpo y pasó el tiempo culpando a los demás, ocupados en bloquear y no en facilitar la vida.
Y poco a poco la empatia iba ocupando espacios inimaginados, inimaginables... Y lentamente el miedo fue conviviendo y abrazando con mesura a la ternura que poco a poco iban descubriendo...
El día en que perdimos la cordura llegó sin avisar.
Despacito y a compás. Pero atrevido y seguro de sí mismo.
El día en que perdimos la cordura nos inundó de temores disfrazados de miedo apocalíptico en un sinsentido extremo que nublo nuestra empatia como privilegiad@s...
El día en que perdimos la cordura lucia el sol en el cielo y no llovía... O sí. No importa este detalle para lo que quiero contarles.
Y es que el miedo a no tener se apoderó de tal modo de aquella población que,
dejando el miedo a enfermar en casa, y provistos de todas las armas posibles se lanzaron a las calles, sin temer al contagio,
y como si del fin del mundo se tratara,
arrasaron con todo lo que ni siquiera cabía en sus casas sin pensar en el resto de sus vecindarios... comprando como loc@s productos para no morir en el intento.
Luego llegaron las bromas y las burlas sobre el papel higiénico y el arroz, el llevarnos las manos a la cabeza ante la crueldad humana, la alarma extrema por la falta de alimentos y el culpar al feminismo por el contagio desmesurado. Y se instaló en la gente una psicosis colectiva para no tocarnos, besarnos, mantener dos metros de distancia, y temer como un credo
al contacto fisico...
El día en que perdimos la cordura ni siquiera sabemos cuál fue: de pronto nos vimos abocad@s a la locura y de pronto, nos sentimos como si estuviéramos en guerra.
El privilegio nos nublo la empatia y nos acabamos olvidando de quienes, antes que nosotr@s sufrieron la guerra, el hambre, la emergencia sanitaria y la muerte, el migrar para sobrevivir.
Y nos mandaron quedarnos en casa y mucha mucha gente se lo tomó a risa y se fue de vacaciones a la costa infectando al resto de la población.
Y nos dijeron que teníamos que pensar en los mayores y much@s organizaron cadenas de cuidados porque ell@s nos sacaron adelante y ahora nos tocaba cuidarnos para cuidarlos...
Y al mandarnos a casa
nos obligaron a vivir con nuestros malestares y maltrato y a confinarnos con nuestros asesinos.. y al dejarnos sin escuela nos dejaron sin cobertura a todos los niveles... y a alguien se le ocurrió que Telepizza y Burger King podrían alimentarnos...
Y quien cuenta, sabe que lo vivió y por eso lo relata.
Porque la mayoría de la gente colabora para que el día que perdimos la cordura se convierta en el día en que recuperamos la empatia.
Hay personas que te roban sonrisas a carcajadas locas y sonoras solo por recordar lo compartido y vivido.
Hay personas que acompañan tu andar aunque no estén día a día a tu lado (presencialmente hablando).
Hay personas que te interrogan y aclaran tus dudas cotidianas en cuanto pueden hacerlo. Hay personas que te abrazan sin estar, que te envuelven sin verlas y que te acarician y apapachan siempre que les es posible.
Hay personas, hay mujeres y algunos hombres, que se preguntan, que se analizan, que se cuestionan, que caminan hacia la igualdad y que practican el feminismo como forma de vida, como su modo y manera de estar aquí y ahora en el mundo.
Hay personas que vuelven a tu vida de pronto para recordarte que no estás sola, que esto de las Gafas violetas merece la pena y que la miopía de género existe
y que es peligroso a veces perder de vista la perspectiva de género.
Afortunada me siento
y me sentiré toda la vida de haber decidido matricularme aquel Septiembre de 2008 en el
Master de Estudios interdisciplinares de Género para crecer como persona y como profesional
en eso que llamamos feminismo y que, poco a poco,
con los años, he aprendido a valorar que no es uno solo, que somos divers@s también en ello.
Y a lo largo de los años, caminando juntas
Hace ya casi 3 meses y la energía de nuestro Reencuentro tras 10 años
aún me hace sonreir y me ilumina el alma cuando os recuerdo.
Aquella mañana fría de octubre, en esa casa antigua que convocaba sin saberlo a todas todas todas nuestras ancestras, sucedió un encuentro maravilloso que solo pudo serlo porque hablábamos desde el corazón
y desde el Buen trato.
Gracias a la vida por hacerlo posible y al esfuerzo que todas hicimos para ser, para estar, para acompañar y facilitar
que todo saliera bien.
Gracias a la vida por cada una de vosotras: por el autocuidado como herramienta, por el feminismo cotidiano como militancia, por ese aprender a echar el freno y dejar de pisar el acelerador y parar cuando es preciso, por esa decisión en casi todas de "tomar otro sendero, otro camino y pensar en nosotras".
Por compartir tanto, por ser tanto, por ese objeto que nos acompañó a cada una estos diez años, por creer en las Degeneradas y por hacerlas visibles-posibles estos años.
Por cada una de vuestras vivencias y experiencias sentidas
desde lo más profundo y compartidas
desde lo más intimo.
A las que no pudieron estar, por intentar estar a través de todos los medios que hoy tenemos a nuestro alcance.
A las que no pudieron acompañarnos y lo intentaron sin ser posible.